¿LA POÉTICA DE UN PROFESOR O LA PEDAGOGÍA DE UN POETA?
Dedicado al niño que paseaban “en caballito” por las noches, en el barrio El Santuario de Barranquilla,
El viaje por las páginas de Un par de
zapatos viejos sobre el techo de la escuela (DE LA HOZ ALBOR, Carlos. Ediciones
Exilio, 2021), permite que se convierta en una exhortación a su urgente lectura.
Se trata de una exploración finita y, por tanto, alcanzable, donde se puede
auscultar, otear, escudriñar y vivir profundamente sobre parajes asombrosos e
ignorados de la escuela, calles y rincones cotidianos, y paisajes humanos
sorprendentes que apuntan hacia el ideal de profesor latinoamericano, de
escuela y de sociedad.
Antes de entrar en materia, es pertinente
lo metalingüístico para aclarar que la palabra poesía se usa en el sentido de
fábula, de creación como lo plantea Aristóteles. De ese modo, el aula, por
reducida o amplia que sea, será un espacio infinito para la creación, para la
poesía. Sea pues la oportunidad para decir que el autor de este libro, además
de su formación pedagógica y su amplia trayectoria, es un artífice de la
palabra, autor de varios libros. En consecuencia, el matrimonio perfecto que forma
triada con el componente de docente investigador.
Para comenzar, un inventario de los
nombres, expresos o tácitos, que aparecen en la obra ayuda a asomarse al
contenido de forma más o menos exacta. No hay que preocuparse ni abrumarse si
se encuentra nombres como Sócrates, Cicerón, Cioran, Celestin Freinet,
Pestalozzi o Charles Schultz, pues no se trata de un libro que, si bien
encierra una filosofía, sea un tratado con el trascendentalismo o la mecánica de
los libros de texto; por el contrario, es una profunda puesta en escena de una
filosofía que encarna lo mafaldiano. No obstante, esas teorías tejen las
escenas, las soportan y dan cuenta de un saber en el autor. De otra parte,
otros nombres, invitados al diálogo mediante intertextualidades concebidas,
como Truman Capote, Luis Vidales, Ernesto Sábato, Gabriel García Márquez, Charles
Chaplin, Raúl Gómez Jattin, Ramón Gómez de la Serna, Joaquín Mattos Omar y
Albert Camus, todos espíritus críticos, permiten una mirada objetiva sobre el
quehacer pedagógico y sobre la institución escuela y todos sus bemoles. Asimismo,
en las páginas de esta obra aparecen nombres fantásticos como Ángela Vicario y
Don Alonso Quijano. Este último a la espera de cualquier Sancho que le apueste
a los sueños de transformar la escuela en ese universo soñado por Mafalda.
En cuanto se refiere a la forma cómo se
genera la reflexión; dicho de otro modo, la invitación al diálogo, es
resaltable la sencillez del lenguaje, un elemento recomendado por Rilke en el
terreno literario. Esta cualidad permite que la obra sea objeto de interacción
en un grupo familiar, entre amigos, en una sala de profesores o en cualquier
escenario donde exista preocupación por una sociedad más humana y una escuela
más eficaz. No se trata de un corpus teórico sobre el hecho pedagógico sino de
reflexiones y situaciones cotidianas del universo educativo sobre las que es
preciso actuar y que, en muchos casos, pasan inadvertidas o son objeto de
indiferencia. Pero la obra también cuenta con el elemento de la brevedad, no se
encontrará capítulos extensos con pretensiones de ensayo; por el contrario, una
lectura de menos de un minuto puede despertar reflexiones y ricas discusiones
prolongadas. En pocas palabras, un libro ameno para llevarlo a todas partes.
Otro elemento digno de destacar es el
atinente a las corrientes que nutren la obra. Sin duda, tras esta premisa,
surgirá el mar de vertientes pedagógicas, didácticas, psicológicas y
filosóficas como el constructivismo, la pedagogía conceptual, el ABP, el
conductismo y muchas más. Sin embargo, el profesor escritor, o escritor
profesor, contrasta todo el acervo con una realidad propia y valida, cuestiona,
interviene, crea, recrea y enriquece con vivencias como El borrador de mamá,
Papá Tomás, Releyendo al profesor Quiroga o El profesor Castaño, para darle lo
mejor de lo mejor a sus discípulos. Del mismo modo, después de esa verificación
y esa lectura de la realidad (Freire), la cual no se circunscribe meramente a
los libros, el autor es más partidario del ¿Aprendemos? que del ¡Enseño! Dicho
de otro modo, lo que cuenta es el profesor que conoce y ama su oficio hasta el
punto de ser el escritor que vierte sus experiencias en los libros para que
sigamos construyendo esa narrativa humana de la que nos habla José Martí.
Para terminar esta breve mirada, y entender
mejor el accionar de Carlos De La Hoz Albor, es oportuno responder la pregunta
del título con un “no” rotundo en ambas direcciones pues no es un escritor que
se transforma en profesor ni un profesor que se convierte en escritor. Se trata
de un ser humano que no abandona, en ningún momento, su doble condición. Para
reforzar esta idea, me permito transcribir la afirmación del poeta, y también
educador, Roberto Núñez:
Sin actitud poética se hace imposible derrotar las
sombras que se instalan en los rincones de las aulas.



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