ALGUNOS ENCUENTROS CON MÁRCELES DACONTE

 


Dedicado al niño gestado en el vientre de

Imperia Daconte, la amiga de Gabito.

Mis encuentros con Eduardo Márceles, hombre de letras, me han sido significativos por los entornos que les han rodeado, las anécdotas y los conocimientos que, de manera consciente o no, me han aportado. Inicio por decir que en el presente texto recordaré brevemente algunos de esos momentos y me detendré, muy especialmente, en el último. Para empezar, el primero, del cual no tengo fecha precisa, fue un exquisito viaje, con parajes sorprendentes, mediante la apretada letra de Oveja Negra en Los perros de Benarés y otros retablos peregrinos. Más adelante, un par de años antes de terminarse el siglo pasado, aprovechando que Eduardo venía para Colombia, lo invité a participar en Tinto con los Escritores, programa que me inventé y dirigí siendo funcionario de la Alcaldía de Barranquilla. El resultado, como se esperaba, una tertulia exquisita en torno a la producción de autores colombianos residentes en Estados Unidos. Esa noche, Barranquilla respiró literatura porque, al terminar, nos dirigimos al Rincón Latino donde, en el marco del mismo programa, Juan Manuel Roca, gracias a gestión de Jorge Campo Figueroa, nos honraba igualmente con un memorable recital. De otro lado, para mí hubo una experiencia adicional, tuve el honor de tratar personalmente a Lauren Mendinueta, digna representante de nuestra literatura, radicada hoy en Portugal. Diecisiete años después, en mayo de 2015, me tropecé nuevamente con Márceles en dos momentos de la Feria Internacional del Libro de Bogotá. En la primera oportunidad, él iba en compañía de José Luis Diazgranados con la intención de saludar a su amiga del vestido rojo para bailar boleros pero no la encontró en su stand de expositora; posteriormente, pude entrevistarlo mientras esperaba la presentación de La segunda vida del Negro Adán, libro del barranquillero Julio Olaciregui. Finalmente, el último encuentro tuvo lugar gracias a la fácil letra de Collage Editores, mediante El Umbral de Fuego (UDF). Así las cosas, como anoté al principio, a este momento en particular me referiré de manera más amplia. En síntesis, me he enriquecido increíblemente con estos encuentros.

Cuando se lee el último renglón de UDF, uno queda con la sensación de haber vivido una experiencia de esas que uno no quiere que se acaben. Es  decir, sin establecer paralelos ni comparar expresiones, se trata de un sentir muy parecido al que nace cuando se ha visto un film que uno no se cansaría de repetir. En lo particular, no me aburren los filmes de Mario Moreno. En UDF, el narrador rompe el hielo con un fino humor y, en el mismo párrafo, te pone frente a un hecho trágico de forma sencilla y magistral. No se trata de comedia ni de la profunda tragedia shakespeariana sino de algo más tangible, elementos de carne y hueso que requieren un alto desempeño por parte del autor para darles el tratamiento estético que los conviertan en materias capaces de despertar el disfrute. En este caso, estos elementos cayeron en manos de Márceles Daconte, un hombre caribeño que, como Mauricio Babilonia, creció en el río de las mariposas amarillas y en medio de una subienda de pescaditos de oro.

UDF está atravesada por tres aspectos convergentes que hipnotizan al lector. En principio, se trata de una narración amena soportada en un lenguaje sencillo y en diversos artificios que motivan a continuar la lectura. De otra parte, pese a que en la obra existen referencias cronológicas, el carácter cíclico de la historia humana permite asumir los hechos siempre como actuales. Por último, los pasajes de erotismo no pasan desapercibidos. En consecuencia, la confabulación de estos elementos despierta en el lector, en las páginas finales, ese deseo de que no termine el libro o volverlo a leer.

Para comenzar, además del fino humor que se maneja, la amenidad de la obra se soporta, entre otros aspectos, en un lenguaje preciso y precioso, pues no se encuentra el lector con el obstáculo de un vocabulario rebuscado. Asimismo, el autor logra que el viaje por sus páginas sea placentero valiéndose de artificios como poner en escena algunas disparidades carnavalescas, tal es el caso de un matrimonio conformado por un descendiente muisca y una testigo de Jehová. Del mismo modo, a lo largo de la narración se encuentran expresiones vigorosas como “las deudas a los ricos se pagan con la vida” o “una cuestión de honor” que logran mantener en vilo. En síntesis, es asombrosa la forma como, en apenas 137 páginas, el interés y las emociones in crescendo sean el resultado de un relato fresco y ameno.

En lo relativo a carácter actual de la obra es preciso afirmar que si el tráfico de drogas está presente, este no es un libro sobre narcotráfico ni sobre desplazamiento, ni sobre violencia. Se trata de ese viaje que plantea la vida, con el desafío de cruzar umbrales de fuego, hacia la conquista de horizontes promisorios. En ese sentido, el lector, convertido en viajero, se desplaza en una lancha bimotor y, en el trayecto, logra comprender a la nicaragüense prostituida, al panameño violentado y al colombiano discriminado. Asimismo, nacen reflexiones acerca de estar a un lado u otro de la línea de fuego, de lo lícito. Realmente se trata de una obra en la que, por haber acompañado a los personajes en sus peripecias e incidencias que les rodean, el receptor termina amando más la vida. Dicho de otro modo, este autor es un verdadero hallazgo que da un grandioso tratamiento artístico a unas realidades de todos los tiempos.

Otro de los aspectos presentes en la obra es el erotismo, un tema polémico si se tiene en cuenta la mirada de críticos y especialistas que, en muchos casos, tornan difuso el concepto. Para el caso de UDF, la plasticidad de las imágenes alcanza niveles excelsos. Sin caer en lo vulgar y llamando a las cosas por sus nombres, el lector disfruta con el diciente discurso.

Para terminar, una opinión sobre el capítulo titulado La mujer de Broadway. Si se separa este capítulo de la obra, se puede enviar a un concurso de cuento y, sin duda, resultaría ganador. ¡Qué belleza de capítulo! Así de grande es el conjunto de la obra.

Enrique Alegría Dulcamara.


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