COLECCIONISTA DE INSTANTES
COLECCIONISTA DE INSTANTES (Enrique ALEGRÍA DULCAMARA)
Finalmente, lo que siempre le hubiese gustado ser desde niño iba a
hacer parte de su vida al llegar a los sesenta. No era simple. En principio,
debía tener claro qué era un coleccionista; después, un instante. De otra
parte, era ineludible tener un espacio donde conservar su colección, y no tenía
que ser necesariamente un espacio físico, podía ser espiritual, mental o
híbrido. Asimismo, entre otros asuntos, debía escoger los soportes apropiados
para sus obras, que no fueran disonantes de los contenidos, que armonizaran.
Además, teniendo espacios apropiados, debía saber cómo conservarlas pues la
mínima pérdida o el más leve deterioro serían irreparables. Por último, no
podía emprender la tarea sin definir los criterios, sin tener una seria y
concienzuda mirada sobre los contenidos porque no todo merecería aparecer en
una colección, la suya. Con ese ajedrez, y consciente de los desafíos que le
esperaban, el hombre le puso pies a sus ideas.
Aún quedaba un asunto por resolver. Su manutención no iba a ser
ningún problema porque haber ganado el premio gordo de la Nacional lo convirtió
en un multimillonario como pocos. Del mismo modo, su motivación crecía porque
el proyecto le haría revivir de alguna manera su afición de infancia a reunir
figuritas de búhos y lechuzas en materiales diversos o de imágenes de deportistas.
Pero había una pregunta a la cual no le había encontrado respuesta, la
relacionada con el sentido de tener una colección de instantes, qué hacer con
ellos. De todas maneras, decidió poner manos a la obra con la ilusión de
encontrarle justificación en el camino ya que su tesoro, aunque se compusiera
de instantes, necesitaría del infinito del tiempo y siempre sería inacabado.
Alrededor de las nueve de la noche, después de su habitual lectura
de uno o dos capítulos de una obra literaria, se fue a la cama, apagó luces y
se conectó a la radio mediante audífonos para dormirse oyendo la polémica del
día. Pero no podía conciliar el sueño porque esa semana no encontró una
definición justa para a él como coleccionista. En consecuencia, hizo los
audífonos a un lado y se concentró en el tema. Recordó coleccionistas que no
había podido olvidar. Uno de ellos, la mujer que guardaba pantaloncillos de
hombres que habían sido sus novios; otro, el hombre que en un frasco de dos
litros conservaba todos sus recortes de uñas de sus pies; y un tercero, el
amigo que conservaba tapas de bebidas consumidas en los diferentes países
visitados. En común, todos guardaban cosas concretas que, como en la filatelia,
representaban historias o tenían un valor particular para cada coleccionista.
De otra parte, aunque existieran en el mundo miles de coleccionistas del mismo
objeto, cada uno encontraba su forma de
distinguirse de los demás. Adicionalmente, todos tenían claro para qué
coleccionaban sus objetos, un asunto que le mortificaba porque él no lo había resuelto.
Al cabo de tres horas de discusión consigo mismo, encontró la definición que
buscaba. A diferencia de todos los que había conocido, él sería coleccionista
de intangibles, de cosas abstractas, de instantes. Y, para darle su toque personal,
en caso de que surgiera otro, él tendría la capacidad de concretizar sus piezas
y exhibirlas como en un museo o ponerlas en escena como en un teatro.
En lo tocante a la palabra instante, aunque le costó una noche de
sueño, fue menos complicado encontrar lo que significaría. Consultó el
Diccionario de la Real Academia y varios libros de su biblioteca, incluido uno
de filosofía, para quedarse con lo simple y esencial de la palabra: periodo
breve, casi imperceptible, de tiempo. En su caso, él agregó otro elemento para
completar el significado válido. Ese lapso debía contener una significancia
vital, que sobrepasara lo convencional y no se quedara en un asunto superficial.
Algo así como lo logrado por un fotógrafo frente a la inmensidad de un vídeo. Debía
encerrar todo lo grandioso de una fotografía o de un poema para tener el mérito
de hacer parte de su proyecto. En pocas palabras, un punto diferenciable por sí
mismo en el infinito del tiempo como cada uno de los instantes que ya tenía en
la memoria.
El jueves, después de almorzar en un restaurante de la terminal de
transportes, subió al bus que lo dejaría en el histórico pueblo de Villa Paz. En
la mañana del viernes firmaría el documento que lo acreditaría como dueño de una
finca que había negociado en las afueras del pueblo y que haría parte del
espacio que utilizaría para su colección. Se alojó en un hotel no lujoso
situado a pocos pasos de la plaza. Como tenía suficiente tiempo y el clima era propicio,
aprovechó para caminar, explorar el pueblo y conocerlo más. En consecuencia,
regresó satisfecho pero cansado porque no estaba acostumbrado a las calles
empedradas. Alrededor de las ocho se dirigió a la plaza y se sentó sobre uno de
los bancos. Allí, desde el embeleso provocado por los reflectores amarillos
sobre la iglesia pasó a pensar en la finca y a visualizar los cambios que haría.
Él viviría en la modesta casa que siempre estuvo destinada para el guardián. La
casa principal o familiar sería destinada para instalar uno de los instantes de
su colección, realizar algunas actividades de rutina y guardar objetos. Además,
construiría diez quioscos artesanales situados azarosamente. En cada uno colgaría
un mueble de madera sobre el cual pondría unos libros. Igualmente, usaría el
suelo para sembrar frutales, tener un huerto y criar gallinas. En ese estado,
embriagado por su sueño a punto de concretarse, se fue a dormir.
Un domingo, dos o tres semanas después de haberse instalado en su finca,
se bañó bien temprano y se enrumbó hacia la capital, más que con el objetivo de
echarle un ojo a su apartamento en el barrio Cedritos, con la intención de encontrar
y comprar algunos objetos en una tienda de antigüedades. Así lo hizo, no tardó
un segundo más de lo necesario para verificar que las cosas estuvieran en su
lugar, bajó al parqueadero, sacó el Mercedes Benz que le había comprado a un
viejo amigo, más para ayudarle a salir de los enredos económicos que por gusto,
y salió disparado hacia la tienda Cachivaches ubicada en Usaquén. De este modo,
si no encontraba lo buscado allí podría rastrearlo también en el mercado de
pulgas de esa localidad. Así pues, entró a la tienda y, entre piezas dignas de museos,
vajillas lujosas, mobiliario antiguo, artesanía típica y afables vendedores,
encontró un tocadiscos Phillips. De inmediato verificó su buen funcionamiento el
cual se demostró, al roce de aguja con acetato, con el grito inicial de La
pollera colorá. Preguntó el precio, una cifra elevadísima, y pagó sin inmutarse
porque el negocio comprendía, como encime, dos agujas originales más. Más
tarde, después de buscar en todos los rincones de la tienda de dos pisos, fue
al mercado de pulgas a buscar un disco. Felizmente, encontró sin mucho esfuerzo
tres ejemplares en un quiosco donde un vendedor había instalado un armario y
una consola. De entre las carátulas, amarillenta la mayoría, virginales pocas,
salieron los discos en vinilo de 45 RPM del sello Polydor cuyo título era Tobacco Road, interpretado por Eric
Burdon. Pagó igualmente sin vacilar. Finalmente, con el contento de madre
cuando ve a su primer bebé dar el primer paso, el hombre se dirigió al
parqueadero del Centro Comercial Santa Bárbara, retiró su vehículo y se
encaminó como TAV hacia su nueva vivienda.
Cuando llegó a la finca, la cuadrilla de obreros que construía los
quioscos terminaba su jornada y abandonaba el sitio. Estos saludaron y se
despidieron de inmediato. Continuó hasta la casa, guardó el vehículo en el
garaje, descargó su compra y la colocó sobre una mesa habiéndola limpiado con
una toalla de cocina. Salió un momento al frente de la casa y vio que una segunda
cuadrilla, la contratada para la pista de trote, también se disponía a partir.
Se despidieron con adioses de mano y gritos alegres. Unos minutos más tarde, con
ropa de casa, el coleccionista inspeccionaba los trabajos realizados poniendo
especial atención en el avance de la obra y en la calidad de los materiales. La
pista alcanzaba ya los doscientos metros, y su acabado en asfalto era fiel a lo
acordado en el contrato; igualmente el primer quiosco, a punto de terminar, con
su techo en forma de sombrero vueltiao, iba quedando perfecto. Al finalizar la revista,
el hombre regresó a casa, instaló el tocadiscos y puso a sonar, a todo volumen,
Tobacco Road. Automáticamente, como
un golpe eléctrico, bailó y cantó con el desenfreno, la locura y la energía de
un adolescente. Después de repetir tres veces la canción, ya sudoroso, apagó el
aparato y se dirigió a la casa que había elegido para él. Pasó a la alcoba, se
sentó en el borde de la cama y sintió en su cuerpo el peso del viaje a la
capital, de la inspección de los trabajos y del baile; entonces, cayó en brazos
de Morfeo.
Soñó con el primer instante que haría parte de su colección, un recuerdo
de infancia. Aquella noche, sobre el andén de la casa de los Martínez, Eutimia,
con cinco o seis años de edad, era rodeada por un gran grupo de espectadores,
vecinos del humilde barrio. Puede decirse que los tenía hipnotizados con su
baile bajo una llovizna ignorada. Desde un viejo tocadiscos en la sala de la
casa, Eric Burdon cantaba su Tobacco Road
a todo timbal. El cuerpo y la voz de Eutimia se fundían con la canción de tal
manera que los vecinos no podían escuchar esa canción sin imaginarla a ella con
sus gestos, su rostro y sus movimientos. Su actuación reflejaba rebeldía,
decisión y, de vez en cuando, conformidad. De otra parte, la admiración también
porque, en esa época cuando la lengua inglesa no asomaba a las escuelas, ella
pronunciaba con fidelidad. En verdad, cualquier escenario suntuoso hubiera
envidiado esa puesta en escena donde los espectadores, una que otra vez, se
replegaban para dar paso a los buses que se desplazaban por esa calle sin
pavimento. Cuando finalizó la canción, el público pidió la repetición. Ella fue
complaciente. Los esporádicos buses no dejaban de desarmar el escenario, la
llovizna no cesaba y uno que otro zancudo mortificaba a los asistentes, pero el
entusiasmo crecía. Repentinamente, abriéndose paso entre la gente, una mano
apareció y apretó la oreja de Eutimia y la sacó del escenario con el grito de
“hace más de una hora te estoy buscando, desgraciada”. Era la señora María, la
madre. La niña corrió desesperada hacia su casa, la señora se marchó de
inmediato, los vecinos gritaron insultos dispersándose y la calle quedó callada.
Los ojos angustiados y desamparados de Eutimia, en el instante de la agresión,
se grabaron para siempre en la memoria del coleccionista.
Unos veinte días después, se levantó bien temprano y, como de
costumbre, su primera acción fue bañarse. Se puso el traje para ocasiones
especiales, el azul celeste, y sin peinarse se dirigió a pie a la alcaldía con
el fin de hacerle una propuesta a la Dirección Municipal de Asuntos Culturales.
Antes de abandonar la finca, cruzó la carretera y echó una mirada evaluativa
sobre el trabajo de los quioscos. El primero con su sombrero vueltiao más el
segundo con un carriel paisa contrastaban armónicamente con el tercero que
tenía una réplica en madera de la Torre Eiffel. Satisfecho con el paisaje, se
alejó encontrándose con los obreros que llegaban a reiniciar sus labores. En el
camino empedrado pudo observar que todas las personas fijaban sus miradas sobre
su elegante atuendo y el detalle de no haberse peinado. Un poco después
sonreían discretamente; eso le complacía. Antes de llegar a la oficina, una
niña cruzó la calle y le ofreció una peinilla. Él agradeció sonriente el gesto
de bondad y la guardó en su bolsillo. En adelante, no se peinaría más porque
era una forma de sacar sonrisas escondidas, llamar la atención y hacerse
distinguir.
Entró sonriendo a la oficina y pidió una entrevista con la directora.
El recepcionista, un hombre de finos modales, le explicó amablemente que era
necesario programar la cita porque la funcionaria debía cumplir múltiples
tareas. De todos modos, previa insistencia, terminó siendo atendido. La
funcionaria lo invitó cortésmente a sentarse preguntándole el motivo de su
visita. El coleccionista, tras un bostezo cubierto con la palma de la mano, se presentó:
Mi nombre es Aión Cultus, soy el nuevo propietario de la finca El Silencio y he
venido con el fin de proponerle unos instantes para que usted, si lo estima
conveniente, los agregue a la oferta cultural del municipio. La funcionaria, no
segura de haber comprendido la propuesta, pidió ampliación de la misma. Aión,
sereno, volvió a explicar enfatizando en la palabra instante. Tras esa diáfana
respuesta, la directora no pudo disimular su sorpresa y desconcierto. Reaccionó
con el rostro enrojecido y, con un tono de voz un poco elevado, le preguntó a Aión
si bromeaba, si la estaba tomando por una tonta a la que podía tomarle el pelo y
si pensaba que los funcionarios de la alcaldía estaban allí para hacerles
perder el tiempo. Entonces Aión, sin perder calma, intervino y explicó que se
trataba de eso, de tiempo, de no perderlo; por eso venía a ofrecerle unos
instantes. Habiendo captado de nuevo la atención de la funcionaria, le dirigió
una arenga sobre el significado del tiempo, hizo un recorrido teórico y
conceptual que abarcó la filosofía y varias disciplinas humanísticas. Su
discurso deslumbró a su interlocutora hasta hacerla sentir incompetente y
anulada. Sin embargo, calmada, ella agradeció la propuesta, pero manifestó no
tener ningún interés. De este modo, Aión aceptó la respuesta y, en términos
amistosos y amables correspondidos por la directora, se despidió.
Con el fracaso en su rostro y la frustración sobre su metro y
sesenta y siete centímetros de estatura, se dirigió a la plaza y se sentó al
pie de la fuente central. Allí, con gesto de desaliento, no sabía si llorar de
tristeza o reír por lo que, en su opinión, era la incompetencia intelectual de
la funcionaria. Permaneció en el mismo sitio por más de siete horas, cual Pensador
bien vestido y despeinado, mientras el tiempo se alternaba entre llovizna y sol
tenue. Las miradas de los transeúntes, turistas en su mayoría, se volcaban
sobre su curiosa figura. Alrededor de las cuatro de la tarde se acercó a un
restaurante pues había salido de El Silencio sin tomar desayuno. Al hacer el
pedido, pasó una familia entre la cual una niña, señalando hacia su mesa, haló
la mano de su madre y, muerta de risa, le dijo que allí estaba el señor que no
se peinaba. La escena no le disgustó, sino que le sacó una sonrisa. Después de
comer, pidió una cerveza; más tarde, otra y otra y otra hasta desinhibirse
completamente. Comenzó a saludar a quien pasara frente a él, a hablarle con
mucha confianza a los meseros y a conversar con los turistas que ocupaban las
mesas cercanas. Un poco después de las siete, pagó lo consumido y pidió que le
vendieran dos paquetes de cerveza. Tomó lo comprado, se dirigió al frente de la
iglesia y se ubicó en un lugar visible para todos. Abrió una cerveza y comenzó
a bailar al son de dos canciones que interpretaba a capela y que iba
alternando: Temptations y Sex Machine. Los turistas comenzaron a rodearle.
De repente comenzaron a lloverle las luces, los aplausos y las propinas que
colocaban en el paquete. Al amanecer, dos policías encontraron en el andén un
paquete de cervezas con las propinas al lado de una fresca y descomunal mierda
de perro y de Aión tendido en el suelo, profundamente dormido.
Al cabo de un par de semanas, Aión hacía una revisión de rutina al
vehículo enfrente de su casa; desde cuando fue a la capital no lo había tocado.
Mientras hacía su trabajo, pensaba en la popularidad que ya tenía en la
población. Algunos lo reconocían como el dueño de El Silencio, otros como el
enemigo de las peinillas, otros como el vendedor de instantes y la minoría como
el dormilón. Asimismo, la finca comenzaba a llamar la atención por los cambios
introducidos. Los linderos del terreno habían sido señalados por la pista de
trote y una cerca vegetal viva. La decena de quioscos, a punto de ser
terminados, no pasaba desapercibida por los exóticos techos que representaban
diversas culturas: carriel paisa, sombrero vueltiao, torre Eiffel, beso de
novia, butifarra, estatua de la Libertad, flauta de pan y otros. Aión comenzaba
a sentirse rico. En el momento que verificaba el lubricante, sintió vehículos
que se estacionaban frente a su finca. Caminó hasta la entrada y grande fue su
sorpresa al percatarse que era el alcalde municipal quien, acicateado por la
curiosidad de conocer los cambios en la finca al igual que por los rumores que
circulaban en el pueblo, decidió visitarlo.
Con toda la cortesía y amabilidad, Aión invitó al visitante y a su
equipo de seguridad a entrar a la casa principal advirtiéndoles que contaba con
pocos muebles. Antes de ingresar, al alcalde le brillaron los ojos al descubrir
el flamante Mercedes Benz e hizo un comentario elogioso. Al calor de un café,
el funcionario abordó el tema de los instantes que se pretendieron vender a la
directora de Asuntos Culturales pidiendo una explicación. Los ojos de Aión
brillaron mucho más que los del alcalde. Comenzó por aclarar que él no había
ido a vender instantes sino a ofrecerlos gratuitamente para que fueran puestos
en la oferta cultural del municipio. De inmediato inició su arenga filosófica
sobre el significado del tiempo y de lo valioso de un instante. A medida que el
discurso se desarrollaba, todos los presentes parecían estar bajo hipnosis por
la riqueza verbal, de argumentos, la elegancia discursiva y el poder de
convicción que se derrochaban. El alcalde se sintió confundido, incompetente y,
en algunos momentos, anulado; sin embargo, sacó las palabras para manifestarle que
tenía razón en todo lo que planteaba pero que, como autoridad del municipio, no
podía ofrecer instantes a nadie porque lo calificarían de loco. Aión no se
inmutó, volvió a ofrecer café e invitó a apreciar sus quioscos. Se detuvieron
en el que tenía como techo un beso de novia con colorida envoltura, manjar
típico del pueblo. Al final del recorrido, nuevamente el alcalde expresó su
admiración y gusto por el vehículo. Sin pensarlo más de una vez, el
coleccionista le respondió que ese carro podía tomarlo como un regalo, que él
no lo necesitaba. La sorpresa de todos no se hizo esperar. No obstante,
ratificó su ofrecimiento mirando al funcionario a los ojos y diciéndole que él
prefería viajar en bus. Se despidieron todos sonrientes.
Con el paso de los días, los proyectos de Aión Cultus progresaban tanto
como sus preocupaciones. Asimismo, su trabajo se había incrementado y no le
quedaba un minuto un minuto sin actividad. Los quioscos se habían convertido en
atractivo turístico pues los visitantes y lugareños atravesaban el pueblo para
disfrutar del paisaje mezcla de cultura, naturaleza y patrimonio. De manera
similar ocurría con la pista ya que
cualquier persona, sin permiso previo, podía realizar sus rutinas gimnásticas.
De otra parte, algunos de los árboles de rápida cosecha comenzaban a florecer. Por
otro lado, detrás de la vivienda había cultivado verduras y legumbres, y había
destinado una hectárea del terreno exclusivamente para cultivar papa. Y, como
lo había planeado el día anterior a la firma de la escritura, algunas gallinas
le acompañaban.
Por lo que se refiere a sus preocupaciones y vacíos, la angustia y
algo de desesperación querían invadir su vida. En primer lugar, no había
hallado la razón por la cual coleccionaba instantes como tampoco sabía qué
hacer con ellos. De modo accesorio, un nuevo vacío le atormentaba, en una noche
de insomnio llegó a la conclusión de que todos los instantes guardados eran representaciones
de hechos vividos directa o indirectamente. Es decir, que el tiempo no se podía
representar de ninguna manera, que los recuerdos no eran sino representaciones
de hechos y no instantes como lo había considerado. Además, las puestas en escena de los recuerdos tampoco eran los
instantes sino réplicas de los mismos. En otras palabras, nunca más volvería a
ver el rostro de Eutimia. De cualquier modo, pese a las respuestas negativas en
la alcaldía, ya tenía siete piezas en su colección y no planeaba detenerse.
En otro instante, de origen onírico, Aión Cultus dormía
profundamente boca arriba en la cama de Van Gogh. Sintió el ambiente de su
alcoba más agradable que de costumbre, como si una grata presencia con aroma a
lavanda le acompañara. En efecto, al girar el rostro se percató de la presencia
de una joven mujer desnuda que caminaba despreocupadamente, parecía exhibirse
para él. La mirada de Aión quedó atrapada por los erguidos senos, pero el
cuerpo de la mujer, como puerta giratoria, hizo que los ojos quedaran en la
negra cabellera que terminaba en el comienzo de las nalgas. Entonces, el hombre
trató de establecer contacto con la mirada mas no lo conseguía, no lograba
verle el rostro. La mujer realizaba movimientos que evidenciaban su interés por
seducirlo pero no se dejó ver los ojos. Al momento de despertar, a pesar del
frustrado intento de contacto, se levantó muy contento por haber sido feliz,
recordaba todas las imágenes. Sin embargo, la noche siguiente, la misma mujer
apareció en medio de un aroma mucho más fresco y agradable. Lo primero que
intentó fue conectarse a ella pero tampoco lo lograba. Ella movía su cuerpo de
modo casual pero con un innegable resultado de insinuación. Al parecer, la
fuerza del deseo de mirarla a los ojos se transformó en una energía que fue
percibida por ella quien, finalmente, giró su rostro, lo miró directamente y
despareció como en un efecto de disolución. Él recibió la mirada como la bomba
de Hiroshima pues esos ojos, cargados de un sentimiento indescifrable, no eran
los de un ser viviente sino del más allá. Al despertar, desencantado, se sentó
al borde de la cama y pensó en el inaudito suceso. Primero que todo, era un
sueño muy singular porque él sentía que sus sueños nacían de su cerebro, los
sentía en su cabeza; éste, en cambio, no parecía un sueño porque lo percibía
como un fenómeno externo a él, ajeno, la mujer había aparecido en su alcoba. De
otra parte, se preguntaba por qué soñó dos noches consecutivas con la misma
mujer y en la misma situación. En conclusión, envuelto en imágenes, emociones y
preguntas, los ojos de la mujer fueron otro instante imborrable en la
conciencia de Aión.
Retomando su proyecto, el entusiasmo del coleccionista crecía. De
este modo, pese a no tener claro para qué ni qué hacer con sus instantes, el
número de piezas aumentaba. Las cinco primeras tenían en común que los ojos
jugaban un papel protagónico. Una de ellas fueron los ojos de un amigo de
infancia que se había convertido en ladrón. En esa oportunidad, el delincuente
ingresó con un revólver a un almacén de electrodomésticos, pero su acción se
frustró cuando, al amenazar con el arma al dependiente, sus ojos descubrieron
la mirada de su amigo de infancia. En otra pieza, Cultus asistía a la
adaptación teatral del cuento Las muñecas que hace Juana no tienen ojos, del
escritor Cepeda Samudio. Los ojos estáticos de la menor de tres hermanas,
envueltos en un rostro ilusionado mientras hablaban del padre, se le quedaron
grabados para siempre. Por último, tenía un instante que nació de un conflicto
que él mismo calificó de estúpido. Comparó la imagen de los ojos del barbero en
el cortometraje La mejor de mis navajas, adaptación del cuento Espuma y nada
más, con la de los ojos aparecidos en el mismo cuento y le parecieron más vivos
estos últimos. En definitiva, la colección crecía aceleradamente y las
preocupaciones y vacíos parecían ocupar un segundo lugar.
Una mañana, después de una noche de discusiones consigo mismo, se
levantó con la determinación de convencer a los funcionarios de la alcaldía
para que sus instantes fueran incluidos en la oferta cultural del municipio. Como
de costumbre, vistió con su traje azul celeste de siempre y se puso en camino. A
su llegada, el amable recepcionista y la directora de Asuntos Culturales se
cruzaron una mirada que encerraba complicidad. Nuevamente pidió la entrevista
sin previo agendamiento y, una vez más, fue atendido. El familiar saludo cortés
de la funcionaria se puso en escena. Entonces, con el aire de una firme decisión,
explicó que venía a insistir en la propuesta de los instantes. La funcionaria
enrojeció más que nunca y comenzó a insultar al visitante quien, asimismo,
comenzaba a perder la serenidad. En medio de la discusión, llegó el alcalde y,
al percatarse del tema, medió para calmar los ánimos. De inmediato, Aión lo
saludó efusivamente y le recordó que, en la finca, estaba cuidándole el
Mercedes Benz. El alcalde sonrió un poco y lo invitó, al igual que a la directora,
a sentarse y discutir. El fruto de la reunión fue que el municipio no iba a
colocar los instantes en la oferta, pero le daban permiso para difundir, a
propios y extraños, el estreno de un primer instante. De este modo, el
coleccionista se llenó de esperanzas pues él se conocía muy bien y sabía que,
si había alguien en el mundo capaz de terminar lo que se había iniciado, era
él. Se despidió amablemente y se disparó hacia El Silencio con un océano que le
fluía de pies a cabeza.
Los preparativos de su debut le provocaron algo de ansiedad y le
exigieron realizar algunos pendientes. El sábado, siendo objeto de burlas y
risas, difundió su evento con un megáfono y unos volantes. Al caer la tarde, fue
a una peluquería para hacerse el peinado afro. En la noche no durmió sino que,
pincel en mano, ilustró una camiseta china con un camino desolado en la parte
anterior y unas hojas de cannabis formando una flor de lis en la posterior. Muy
temprano el domingo, se dio un baño sin mojarse el pelo y, desnudo, pasó a la
cocina a prepararse un café. Tenía el hábito de esperar que el agua escurriera
de su cuerpo, detestaba las toallas. Su afro y su piel negra contrastaban con
el muro beige de la cocina. Cuando la taza de café estuvo llena la retiró, se
sentó sobre el mesón de mármol y disfrutó su bebida como en una ceremonia
sagrada. Seguidamente, dio un salto y pasó a vestirse. Tomó la camisilla que
había preparado y un viejo jean marrón recortado a la mitad del muslo, nunca se
acostumbró a la ropa interior. Para la ocasión, tampoco usó calzado. En
síntesis, estaba listo para debutar.
Sentado en el andén, sin un espectador, sin una persona ni un
vehículo que pasaran, llegaron las diez de la mañana. La tristeza comenzaba a
inundarlo cuando oyó voces que le hacían presentir la acción. Se levantó, entró
a la sala, encendió el viejo tocadiscos Phillips y puso a sonar Temptations. Rápidamente hizo ejercicios
de aprestamiento físico e inició su baile con el fin de que lo encontraran
actuando. Sin embargo, el grupo de turistas afrodescendientes, aunque se
percató del hombre que bailaba, llevaba un rumbo distinto y se alejó mostrando un
poco de interés por los techos de los quioscos. Ante la escena, Aión sintió que
un frío recorría sus huesos y ansias de llorar a gritos.
Al cabo de dos horas, aun cuando su optimismo estaba bajo cero, al
regreso de los turistas que se detuvieron frente a la entrada para apreciar los
techos, se motivó a invitarlos, en el inglés que les había detectado, a entrar
gratuitamente y apreciar de cerca El Silencio. Hizo las veces de un buen guía
y, finalmente, les pidió disfrutar de un instante que iba a presentarles, el
cual era gratuito. Sin poderse negar, unos se sentaron en el suelo y otros se
quedaron de pie rodeando la pequeña terraza. El anfitrión puso a girar el sello
Polydor y Tobacco Road comenzó a
sonar a todo volumen. Salió bailando con todas sus energías al tiempo que los
invitados se conectaron con las primeras notas balanceando sus cuerpos
rítmicamente. Durante más de diez minutos fueron testigos de una excepcional
sinfonía del movimiento corporal y el canto. Cada nota y cada palabra se
fundían en el cuerpo del bailador. Con ojos de admiración y bocas casi
abiertas, todos se pusieron de pie al finalizar la canción y le dieron un aplauso
de más de dos minutos. Entonces, el mayor de los visitantes pidió repetir la
presentación. Esta vez, a la altura del cuarto minuto, Aión se quedó estático,
por más de dos minutos, como una escultura viviente, con su cabeza ladeada y
una mirada tan expresiva, como la que se había grabado de Eutimia, que llamó
poderosamente la atención de todos. Sus ojos trasmitían tantos sentimientos
como espectadores había. De este modo, podrían olvidarse de todo pero no de la
expresión de sus ojos. El aplauso que recibió fue más prolongado que el
anterior. De inmediato, la adolescente del grupo le preguntó si podía hacerlo
de nuevo. Una vez más, el bailarín fue complaciente. Con todo el entusiasmo,
todo el grupo se puso en movimiento al sonar de las primeras notas. Tan felices
y agradecidos estaban que el mayor ofreció una propina de cien dólares que
depositó en una mochila wayuu que portaba y la ató a la reja de la ventana.
En relación a las consecuencias positivas de su debut, se reflejaron
ese y todos los domingos en forma progresiva; sin embargo, un malestar empezaba
a vivirse por las autoridades. Los comentarios de sus primeros espectadores en
el Hotel La Plaza, donde estaban alojados, generaron una difusión voz a voz sin
precedentes entre lugareños y turistas. En consecuencia, varios grupos fueron a
presenciar el instante. Las propinas aumentaban. En esta medida, cada domingo
las funciones aumentaban; encima, muchos espectadores acudían dos y tres veces
al mismo espectáculo. En adelante, Aión fue introduciendo nuevos instantes que
iba presentando aleatoriamente. Pero todo pareció complicarse cuando la directora
de Asuntos Culturales y el alcalde se preocuparon porque por esos días se
desarrollaba el Festival Internacional de Cine, vitrina del pueblo, pero el público
prefería irse para El Silencio. Por esta razón planearon ir como espectadores
del próximo instante. Así, Aión vivía las verdes y las maduras.
El domingo se estrenaba un instante titulado Séptima imagen de un
sueño con Frida Kahlo. Aión se inspiró en la mirada de un crítico de arte que
calificaba el trabajo de un pintor de apellido Rodríguez. El escenario escogido
fue la casa principal. La narrativa se organizó en cinco salas correspondientes
a sufrimiento, maternidad, animales, lo femenino y la sexualidad. En el gran
salón había un montaje realizado por un ingeniero que instaló dispositivos que
proyectaban luces de colores sobre el muro principal. Allí el espectador debía usar
una especie de máscara de hierro dotada de lentes y audífonos. Además, debía oprimir
unos botones. Dadas las condiciones, se inició la jornada. La gran fila
esperaba impaciente. Después que dos grupos habían entrado, se descubrió que el
alcalde y la funcionaria esperaban también. Aión los recibió amablemente como
siempre. Primero ingresó ella. En cada una de las cinco salas que exponían
réplicas de obras de Frida Kahlo, tardó alrededor de dos minutos. Cuando llegó
al salón principal, se sentó en una silla confortable y siguió las
instrucciones. Las dos partes simétricas de la máscara envolvieron su cabeza.
Al oprimir un primer botón, chorros de luz se derramaron sobre el muro formando
lágrimas. En ese momento, una voz femenina explicó, con profundas razones, por
qué las lágrimas eran parte de la existencia de Frida. Sucesivamente fue
oprimiendo botones que derramaban luces configurándose cada vez un universo
distinto de Frida. De esta forma, las luces conformaron la obra que inspiró ese
instante. Seguidamente, desaparecían todos los colores y solo quedaban los ojos
con una expresión vital tan poderosa que nadie podía desprender la mirada ante
la certeza de lo viviente. De otra parte, la voz, con efecto cuadrafónico esta
vez, pronunciaba siete veces Frida coincidiendo con la reaparición de los
colores de la obra. Así, la funcionaria salió tocada por el instante y
reaccionó expresándole a Aión que no había comprendido la parte final y que,
por otro lado, los temas de lo femenino y la sexualidad eran lo mismo.
Posteriormente, el alcalde ingresó; su reacción no difería las impresiones de
su súbdita, solo agregó que él no era crítico. En definitiva, la jornada
terminó con comentarios positivos fundamentados en lo novedoso y en el hecho de
que, a diferencia de otros eventos, había una vivencia y una interacción que
tocaba al espectador. Durante los días siguientes en Villa Paz solo se hablaba
sobre Frida Kahlo.
Dentro de este marco, Aión comenzaba a llenar sus vacíos. Ante todo,
ya sabía que coleccionaba instantes para regalar alegría. De otra parte,
encontrada esa respuesta ya no tenía que preocuparse por la segunda pues no se
iba a quedar con los instantes en su finca sin darles uso. Disfrutaba, además,
de sus libros, sus animales y de una alimentación natural. No obstante, no
estaba satisfecho del todo porque continuaba la inquietud sobre la ambigüedad
de la palabra instante asociada a recuerdo y a representación. Pero no se
detuvo, el vacío no fue óbice para concretar sus deseos pues pensaba que el
tiempo, el infinito tiempo, le daría la respuesta en el camino aunque fuera en
un instante.
En función de lo planeado, el coleccionista destinó el quiosco que tenía el Arco del Triunfo para exhibir un instante que llamó La fuerza del deseo. Instaló un televisor y, durante esa semana, veía repetidamente el episodio 4 de la serie The Twilight Zone. En español se tradujo como La dimensión desconocida. El episodio tenía como título El santuario de 16 milímetros. Aión no se desprendía del televisor viendo la repetición; de las 24 horas, dedicaba 15 a esa tarea. En el relato, una vieja actriz, Barbara Trenton, llenaba sus días viéndose a sí misma en sus filmes. Recordaba, entre otros, Un amor jamás se olvida y Una noche en París. Asimismo, evocaba pasajes con colegas como Jerry Hearns, Steve Brock y Paul Niger. Además de los recuerdos, la actriz expresaba ideas como que para el arte no pasa el tiempo. Este pensamiento alimentó su más ferviente deseo, revivir la experiencia del último film al lado de Jerry Handan. Por esta razón, la fuerza de su deseo hizo que una mañana no la vieran más en su recámara ni en su pequeña sala de proyecciones sino que la encontraran, alejándose de brazo con Jerry Handan, teletransportada a la pantalla en blanco y negro. Cuando su empleada y su amigo la llamaron, ella retrocedió unos pasos, les envió besos, lanzó un pañuelo, les dijo adiós y retomó su camino. Por su parte, Aión lloraba en esta parte cada vez que lo repetía. El domingo, los amantes de los instantes madrugaron para el estreno. Formaron la fila y, ante la tardanza, entraron a la finca. Gran sorpresa: Aión Cultus, el enemigo de las peinillas, el dormilón, el vendedor de instantes y el dueño de El Silencio no fue encontrado en la finca sino en la pantalla del televisor abrazado a Barbara Trenton, mucho más joven y radiante de alegría. Los dos, con sonrisas diáfanas, saludaron a los espectadores y se alejaron.



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