OTRA VERSIÓN DE FARISES DELAFÉ CON VIVALDI EN PRIMAVERA


          (Cuento de Enrique Alegría Dulcamara seleccionado en Chile para antología internacional de cuento erótico y amoroso)


 Cuando entramos al edificio donde Farises tiene su apartamento, el silencio, el vacío y algo de frío se habían apoderado de las calles. El guardián del conjunto nos recibió con una bienvenida y una sonrisa prefabricadas y nos invitó a entrar deseándonos dulces sueños. Un hecho, a mí en particular que soy sumamente supersticioso, me hizo pensar que algo no saldría bien en esa noche. A la espera del ascensor, un anuncio electrónico de “Fuera de servicio” nos hizo subir por las escaleras; sin embargo, ya iniciando el ascenso, la puerta del mismo se abrió dejando salir a dos personas que charlaban animadamente. Aunque nos sorprendimos un poco, no cambiamos el camino. Permití que ella se me adelantara dos o tres pasos solo para nutrir mis fantasías eróticas con la visión de su natural y gracioso contoneo bajo la repentina luz activada por un censor. En verdad, las curvas y el brío de Farises se combinaban en una obra maestra viviente.

No pudimos entrar de inmediato al apartamento porque, pese a que diariamente ella abre y cierra esa puerta varias veces, esta vez nos ofreció cierta dificultad hasta el punto que nos hizo dudar si usábamos la llave correcta. Finalmente, pudimos ingresar y fuimos acogidos por el calor interior y la sensación de libertad que nos producía el encierro. Ella colocó su bolso rosavieja sobre una pequeña mesa instalada contra el muro, después nos dirigimos automáticamente a su estudio que contaba con una biblioteca selecta formada esencialmente por libros de filosofía, derecho y literatura. Todavía sentíamos el peso de la jornada, por eso decidí quitarme pantalón, camisa y zapatos quedándome con la camisilla, las medias y el bóxer blancos que siempre he portado. Seguidamente, acaricié suavemente sus hombros, besé su cuello, la tomé de la mano y la hice sentar en el sillón; allí me incliné y le retiré los zapatos rojos de alto tacón que tanto le gustan. Terminé por darle un breve masaje a sus pies para restaurarla un poco. De esta forma, dejamos atrás el peso de la rutina y nos dispusimos para una velada sin par que, además, hacía muchísimo tiempo no nos regalábamos.

Una de las acciones por las que siempre recordaré mi relación con Farises es su forma particular de ofrecerme un trago de licor. Nunca, ni desde los comienzos de nuestra relación, necesitó una copa o algo parecido. Eso hizo ahora. Se levantó del sillón, se acercó al pequeño bar, sacó una botella de Sello que había abierto previamente, la empinó y bebió un trago. Después me buscó, me hizo inclinar y, en medio de un beso, me dio de beber el trago que había guardado en su boca para mí. A todo este ritual, yo solo sabía responder con caricias, las palabras eran una maleza. Un poco más tarde, ella me abrazó firmemente, me besó y me pidió esperarla unos minutos. Salió de la biblioteca, encendió las luces del salón y pasó a su alcoba. Aproveché, entonces, para observar las innovaciones que había introducido a su estudio: el pequeño bar estaba convenientemente empotrado sobre uno de los muros; a un extremo, había instalado una ventanilla, a manera de barbacana, que permitía ver hacia la calle; por último, también había ubicado otra ventanilla que permitía ver hacia el salón. Debo reconocer que los cambios no habían sido caprichosos sino muy útiles.

Mi superstición inicial pareció desvanecerse al cabo de unos diez minutos o algo más cuando Farises regresó ataviada con un luminoso baby-doll violetaencendida. Se aferró a mi cuello, dio un repentino salto y, como una enredadera, rodeó mi cintura con sus robustas piernas quedando suspendida y sostenida también por mi abrazo. Olfateé sus discretos afeites y el aroma natural de su piel, coloqué mi rostro sobre sus firmes senos en cuarzo negro y disfruté con ritmo lento su tibieza y lozanía. Así, con su cuerpo enroscado en el mío, me trasladé hasta el sillón y me senté quedando frente a frente y sobre mí. En ese momento, sonó el citófono, pero ella lo ignoró iniciando conmigo una discusión que teníamos aplazada sobre si la vida sexual reflejada en la literatura erótica era fiel a la vida de sus autores. De esta forma, trenzados entre Anais Nin, el Marqués de Sade, Almudena Grandes, Henry Miller, unos senos seductores y unos movimientos de cadera para acomodarse mejor de vez en cuando, se forjó un preludio amoroso que anunciaba uno de esos pasajes irrepetibles de la vida.

El citófono sonó tercamente y, esta vez, ella no soportó más. Con habilidoso movimiento levantó sus piernas y las giró frente a mí como aspas, colocó sus rodillas casi al borde del sillón, se inclinó y presionó el botón para responder. Ante la visión de sus muslos, yo pensé en un perfecto par de columnas gemelas talladas en azabache. Mientras tanto, ella, con voz enérgica y educada, discutía con el guardián de voz robótica. No obstante, el anuncio de la presencia de una vieja amiga, de la cual yo nunca le oí hablar, hizo cambiar su ánimo con un viraje de ciento ochenta grados. Después de verificar algunas informaciones sobre la inesperada visita, pidió al vigilante hacerla pasar a la sala de recepción para que esperara unos minutos mientras ella descendía a buscarla. Debo reconocer que se trataba de alguien sumamente importante para ella pues nuestro preludio fogoso se apagaba como agua entre los dedos.

Farises dio muchos pasos nerviosos en el estudio, ida y vuelta, como buscando una salida bajo la presión de mis ojos. Finalmente, encontró la forma de hablarme. Agarró nuevamente la botella de Sello, tomó un trago y vino a ofrecerme el mío. Un poco después, con mirada trémula, me pidió que permaneciera encerrado en el estudio y que, por ningún motivo, me dejara ver de su amiga, ella no debía saber de mi existencia. De otra parte, yo podía disponer, como de costumbre, de su licor, sus libros y su ordenador. Aunque un poco sorprendido, acepté sin dar muestras de disgusto. Pasó de nuevo a su alcoba, se puso una bata turquesa bien ceñida sobre el baby-doll y, sin aspaviento, salió al encuentro de su amiga.

No tenía claro qué hacer pues nunca me había encontrado en la situación de estar obligado a esconderme. Primero empuñé la Sello y, extrañando la suavidad de los labios de Farises, degusté un buen trago a pico de botella. Un poco después, me senté cerca de la barbacana y comencé a otear hacia los escasos transeúntes. Una pareja que salía del motel de enfrente buscaba un taxi. Ella lucía radiante, feliz; él, agotado. Nada que llamara mi atención. Al no encontrar escenas de interés, decidí tomar un libro y regresar a la barbacana. Sentí los pasos firmes y las voces entusiastas de Farises y su amiga que acababan de entrar al apartamento. Mientras tanto, yo comencé a leer en silencio: Aujourd’hui, maman est morte. Ou peut-être hier, je ne sais pas.

No, no pude continuar la lectura porque el entusiasmo de las dos mujeres en el salón con un fondo musical de Antonio Vivaldi que habían agregado, más mi curiosidad, no me permitieron concentrarme. Entonces, para no traicionar la promesa de no dejarme descubrir, besé de nuevo la Sello y centré mi pensamiento en el discurso de Farises mientras nos desplazábamos en el taxi hacia el apartamento. Primero lanzó una andanada de críticas a las actuaciones del alcalde. En su opinión, ella lo hubiera hecho todo mucho mejor. Un poco después, corrigió mi pronunciación inglesa de una publicidad mural que me atreví a leer. Por último, discutió con el chofer porque, en su parecer, el hombre había escogido la peor y más lenta de las rutas. De esta forma, con ese desfile de imágenes y mis pasos desesperados en el estudio, transcurrieron alrededor de dos horas.

Me dirigí sigilosamente a la ventanilla que daba al salón con la intención de espiarlas, descubrí la ubicación del interruptor y apagué la luz. A mis anchas, sin ser visto, me convertí en el hombre más privilegiado del planeta. Lo que pude apreciar con mi vista fue esa cadena de imágenes cargadas de erotismo con la cual un ser humano puede morir con la convicción de haber conocido el significado de la belleza. Farises, sin baby-doll, y bajo una tenue luz, reposaba en el enorme sofá verdementa. Su amiga, un poco después, apareció con la perfección y las justas proporciones boterianas luciendo un cabello tan largo y voluminoso que alcanzaba a cubrir completamente sus glúteos blancos. Se sentó delante de Farises, se inclinó y le ofreció el trago que llevaba en la boca. Iniciaron, entonces, un concierto de suaves caricias con cadencia otoñal, sin dominante ni dominada, equilibrio perfecto, contraste de pieles, fusión, eliminación de diferencias. Remataron con una danza donde el vibrar de un cuerpo armonizaba y se prolongaba en el otro. Cada dulce movimiento era correspondido con la misma reacción a una excitante palabra susurrada al oído. Vivaldi, por su parte, seguía en primavera. Yo estaba tan maravillado que estuve a punto de olvidar la promesa para gritarles que continuaran la danza.

La propiedad diurética de Sello me puso ante tres opciones: esperar hasta el final, usar una botella como depósito del orín o ir al baño con el riesgo de ser visto. Sin embargo, no resistí más y, como ellas se encontraban todavía en el embeleso, entré al baño social que se encontraba a unos cinco pasos. Ya adentro, pensé en la imposibilidad de hacer ruido y decidí orinar agachado no sin dejar de pensar en la hipotética acción de que alguna de las dos me abriese la puerta. Cumplida la misión, miré fugazmente al salón donde ellas se encontraban todavía conectadas enérgicamente con las miradas y las sonrisas. Regresé al estudio sin ningún inconveniente salvo un hecho que atrapó poderosamente mi atención. En el tránsito del baño al estudio, pude descubrir que en la mesa donde Farises había colocado su bolso rosavieja, se encontraba otro bolso idéntico que, supuse, pertenecía a su amiga. ¡Idéntico!

Alrededor de las cinco de la mañana, después de ser espectador de una bella noche de copas, danza y erotismo, comprobé que Farises Delafé me había arrojado a la cesta del olvido absoluto. Si su amiga no debía enterarse de mi existencia, ella parecía no haberlo hecho nunca. Y, como para que no me quedara sombra de duda, las dos mujeres decidieron bañarse, ataviarse y salir a ejecutar un plan en conjunto, al parecer, fuera de la ciudad. Tomaron sus bolsos idénticos y se fueron dejándome con mi ropa interior blanca, encerrado, virginal e impoluto.

No pude evitar asomarme a mirarlas en la calle. Pidieron cigarrillos en el quiosco y los encendieron simultáneamente con el fuego que les ofrecía el vendedor. Discutieron un poco y, al parecer, cambiaron el plan que tenían. Se despidieron con besos y su amiga cruzó la calle y se alejó perdiéndose de vista. Un par de minutos después, rondando el quiosco con pasos nerviosos y semblante de frustración, Farises decidió pagar los cigarrillos. Abrió el bolso mirando el bus que pasaba y, con enorme sorpresa, sacó una fina mano velluda y sangrante. Gritó, arrojó la mano contra el andén, volvió a gritar y, sin dejar de gritar, comenzó a correr en dirección opuesta al camino que había tomado su amiga. Sin duda, Farises había tomado el bolso equivocado. La mano quedó tendida en el andén y rodeada de una multitud mañanera. Pese a la distancia, pude ver que en el dedo anular portaba un grueso anillo que, sospeché, era de oro y tenía algunas incrustaciones.

Una vez más estoy encerrado, pero no en el estudio de Farises sino tras las rejas de La Tramacúa. Todos los días, después del almuerzo, la dirección de la prisión ha decidido ambientar con música clásica. En estos momentos suena Vivaldi. No imagino cómo voy a salir de esta pesadilla.

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